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El FMI en guerra contra “el aumento de tensiones”

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Christine Lagarde

La economía global crece, pero no al ritmo esperado, según el FMI. Lagarde pide tranquilidad para crecer económicamente. El Brexit uno de los desencadenantes de la vulnerabilidad economía.

Problemas del primer mundo, vamos a ganar pero no tanto como habíamos esperado. Las palabras de la directora del FMI, Christina Lagarde, hacían hincapié en los espantosos efectos que la política hace en la economía. El FMI intenta de nuevo seguir la cruda guerra contra la política, dejando de lado su papel como políticos no oficiales. El regimiento de economistas que dictan las políticas a nuestros políticos, se consideran apolíticos. Ellos otorgan las posibilidades reales, el margen de movilidad de nuestros gabinetes políticos. Sin embargo, el problema de que todo vaya peor de lo esperado es culpa de la “vulnerabilidad e inestabilidad política”. Os lo aclaro, por si el eufemismo resulta demasiado sutil: si las instituciones políticas se declaran insumisas a los dictados de nuestra institución, la economía irá mal. A ese ejercicio de insumisión, lo llaman “inestabilidad”. Sutil, cuanto menos.

De hecho, si la inestabilidad es llevar a cabo un ejercicio político, podemos hablar de una alteración del estado de normalidad. Así pues, la normalidad y la estabilidad provendrían de acatar sumisamente aquellos dictámenes que provengan de las altas esferas del FMI.

El FMI, internacional pero no mucho

Podríamos pasarlo por alto, pero no lo haremos. La sede del Fondo Monetario Internacional está en Washington (Estados Unidos). Para clarificar de donde vienen este poder casi omnímodo cuya voz deben acatar doblegadamente todos los Estados. Aunque también podría ser un ejercicio de transparencia mirar el listado de los altos funcionarios de la propia organización. Podríamos descubrir que existen 32 delegados, de los cuáles ajenos a la Unión Europea o América del Norte encontramos sólo 11. Es decir, el 75% de la población mundial queda representando por el 30% de los directores existentes. El tanto por ciento bajaría ostensiblemente si tenemos en cuenta que de los Altos Funcionarios contabilizados, la mayoría pertenece a puestos de baja responsabilidad relativa como los departamentos regionales existentes (Asia Central y Oriente Medio, Asia y el Pacífico o África).

El blindado de la toma de decisiones queda aún más patente si comprobamos el funcionamiento orgánico de la institución. El poder de voto reside en la capacidad económica del país.

He aquí la paradoja: muchas de las variables para establecer la capacidad de voto son dependientes del propio FMI. No es nuevo que el FMI tiene capacidad para modular la economía de los países. Así pues sus políticas pueden otorgar más cuota de voto a un país. Estas cuotas son útiles en las decisiones del Fondo Monetario Internacional y el otorgamiento de créditos al país propio o a terceros. Cerrando el círculo para el control de la organización encontramos que las decisiones técnicas se dividen en dos grupos dependiendo de su importancia. La aprobación de enmiendas requiere de un consenso del 70% de votos o del 85% de los mismos según su grado de relevancia. Estados Unidos tiene una capacidad de voto del 16% (siendo el máximo recolector de los mismos) y por lo tanto, tiene capacidad total de veto en la mayoría de acciones de la organización.

Es mejor que gobernemos nosotros

Las declaraciones de Lagarde si bien no son sorprendentes, disuelven las dudas que pudiéramos tener respecto al carácter de la organización. Joseph Stiglitz, afamado académico y economista, escribe al respecto acerca de las malas prácticas de la institución. Sus préstamos conllevan a la intervención del FMI en la economía del país receptor. En teoría, con esto intenta asegurar que el país necesitado del crédito logrará devolver lo pedido. No obstante, Stiglitz asegura que si ésta es la lógica externa, no es la lógica interna. Los países que piden préstamos requieren de líquidos para afrontar pagos o mejorar sus economías. No obstante, estos préstamos en la mayoría son emprestados a países cuyas economías son débiles no de forma coyuntural. Estos países se encuentran en una situación de dependencia estructural, herederos de sistemas coloniales.

Pero hay más prácticas llevadas a cabo con el mismo fin. Entre ellas, el otorgamiento de créditos que se expiden con la idea de que jamás sean devueltos. O al menos no a un corto ni medio plazo. Con esto, el país que adquiere el crédito queda amarrado a los designios de la organización. El control político del país queda a merced del FMI, quien consigue de esta forma dictar las líneas macroeconómicas a seguir. Entre algunas de esas medidas, las clásicas que se suelen requerir de forma generalizada requieren un descenso en servicios sociales. Stiglitz admite que dicha medida es cortoplacista. Explica que en un primer instante puede provocar cierto ahorro, pero conlleva a la perdida inexorable de capital humano. Esto queda patente en el descenso en los índices de sanidad, un aumento de los decesos, o la expansión de enfermedades pandémicas como el sida o la tuberculosis.

Representados por hombres mayores y tibios, éstos economistas nos piden tranquilidad política, Lagarde a la cabeza. Según su lógica, la tranquilidad política conlleva al desarrollo económico. Pero sus palabras chocan con los hechos. Los puntos cénit alcanzados por las economías desarrolladas están vinculadas a intervenciones militares en países en desarrollo. Países desarrollados que piden tranquilidad, en un ejercicio hipócrita después de vender armas a estados con conflictos abiertos. El desarrollo está relacionado con el conflicto exterior como vemos.

Los economistas del FMI, a fin de cuentas, son los delegados vocales del stablishment actual. Son los perpetuadores de la hegemonía estadounidense. Exoneran tranquilidad política a los países en desarrollo, pero es un alegato eufemístico para preservar el status quo.

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