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Eficacia en la política para superar viejos traumas

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El Presidente, Pedro Sánchez, y el secetario general de Podemos, Pablo Iglesias, refrendan el acuerdo para la aprobación de los Presupuestos.|Fuente: La Moncloa

Primero, he de decir que es un orgullo poder escribir este artículo. No puede haber nada más gratificante que saber que hay una juventud que se preocupa, que se interesa y que se informa por nuestro país y sus asuntos. Que mi amigo Fernando Cárdenas publicara un artículo [que podéis leer aquí] me alegró de sobremanera. La vigorosidad de un país está inexorablemente unido a la preocupación que tiene la juventud por él, a estar dispuesta a no heredar un país peor que el que heredaron sus padres.

Mal que nos pese, a pesar ese futuro brillante que nos aguarda, hoy España sufre de males endémicos no curados. Uno de ellos es la política de bandos. Arrastrada esta forma de actuar desde tiempos inmemoriales, por regla general, los españoles se encuentran atrincherados en el bando que indica su ideología o partido más próximo. De sus trincheras nacen tiros que disparan hacia todas las demás trincheras, puesto que todo aquel que se atrinchera a su lado es amigo; pero todo aquel que está fuera, es un enemigo a batir.

Por el devenir histórico y político de nuestra España, esto es algo que está progresivamente encerrándose en el baúl de los recuerdos. Para suerte nuestra, claro está. De igual forma, deberíamos ocuparnos de ello, y aportar nuestro granito de arena para acabar con ello. En mi opinión, el debate y la aportación discursiva no debe ser una guerra que ganar, sino una forma de llegar a acuerdos. En consecuencia, deberían detestarse aquellos que hablan de “alertas antifascistas”, queriendo retrotraernos a los primeros compases del pasado siglo XX, que tan caros salieron a la Historia de la Humanidad.

Sin embargo, fuera de hostilidades partidistas y dándole el lugar que merece, me consigno a discutir con mi colega Cárdenas su artículo.

Como bien reconoce y argumenta Cárdenas, el tacticismo que adoptó Pablo Iglesias fue fundamentalmente un estruendoso fracaso. Esto se vio reflejado en el castigo electoral que sufrió en las elecciones generales, y ha contribuido a crear en torno a Podemos un hálito de tremenda frustración política, a la misma vez que un clima de desconfianza mutua entre las diferentes federaciones en confluencia. De hecho, sus adláteres absorbidos parecen progresivamente fisionarse: todos tienden a salir del barco ahora que hace aguas. Las cabezas visibles de distintas confluencias internas de Podemos como Alberto Garzón (del PCE), Antonio Maíllo (IU Andalucía) o Teresa Rodríguez (Podemos en Andalucía) se han manifestado públicamente con diferentes mensajes de hostilidad hacia la autoridad central y su estrategia para llegar a acuerdos. Obviamente, la imagen pública del partido morado no está en sus mejores momentos, como es lógico. De haber nuevas elecciones, salvo sorpresa, la debacle morada puede ser estrepitosa.

Aunar acuerdos y resaltar su certero análisis en determinado punto de su artículo, no me limitará a crear también un debate respecto a la tesis que defiende en el final de su manifiesto. Defiende Cárdenas que debido a que Vox está consiguiendo buenos resultados siendo polémico, “la izquierda” (como él usa en su artículo) debiera usar la misma táctica y crear el debate y no sumarse a él. Quiere una izquierda polémica, excéntrica y lejos del discurso habitual.

Sin embargo, ahí debo de mostrar mis discrepancias. Más allá de izquierdas o derechas, un partido que quiera mantener una representación digna en nuestro Congreso no debe ser ni un partido excéntrico ni un partido escorado a uno de los costados políticos. Como ha demostrado la historia política de nuestro país, somos un país cuerdo, que siempre hemos tendido electoralmente hacia opciones centristas aunque ligeramente balanceadas hacia uno u otro lado según el momento político.

La fuerza de nuestro pasado no me tentará en demasía a usar una legitimación excesivamente histórica. Miraremos más bien a la lógica y la coherencia de nuestro presente. Tratar al electorado como meros entes ausentes de capacidad crítica me parece un ejercicio de prepotencia política. Me explico más detenidamente: el electorado tiene ya unas ideas políticas propias, los partidos lo que hacen es ajustarse a un sentir que ya existe. El voto no es un acto de consumo de ideas o discurso novedoso, sino al contrario, el voto se entrega a un político con el que tenemos afinidad ideológica.

Desde este punto, tengo mis reservas hacia la idea de proponer nuevas ideas en el discurso, para conseguir la excentricidad o la originalidad, e incluso ni siquiera aportar nuevos debates. Los políticos deben ser meros servidores del Estado y de sus ciudadanos. Por ello, deben recoger sus inquietudes, sus deseos y sus anhelos, sus preocupaciones y sus necesidades, y una vez hayan salido elegidos como representantes, su misión es lograr satisfacer a sus ciudadanos y resolver sus problemas. Si un político tiene como misión crear problemas (es decir, iniciar nuevos debates) y no resolver determinados problemas (como, por ejemplo el desempleo endémico) entonces no estamos hablando de políticos, ni de servidores públicos sino de demagogos sofistas y partidistas.

En política no necesitamos nuevos debates, los debates surgen en la población de forma espontánea: inmigración, desempleo, corrupción, cambio climático… Conectar con el electorado debería ser tan fácil como intentar mostrarles la solución propuesta a sus problemas. España necesita políticos con altura de miras, a los cuáles se les exija, antes que una preparación académica, una ética y moral intachables. Políticos que hablan cargos y no de propuestas programáticas, han llevado a que la política en España sea un nuevo problema añadido, como indica el CIS. Librándonos de ese tipo de actitudes, no me cabe duda de que podremos conseguir arreglar los problemas que arrastra nuestro país, sin llegar a convertirnos de forma estructural en otro más.

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