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“Infiltrado en el KKKlan”: un jarro de agua fría

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KKKlan
Imagen promocional de la película / Fuente: Twitter oficial de la película

Infiltrado en el KKKlan, el último Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes, llegó a nuestra cartelera el pasado 31 de octubre, de la mano del director Spike Lee y Jordan Peele como productor

Estamos a principios de los setenta y los Estados Unidos de América se ciernen bajo un clima de tensión racial, movimientos nacionalistas y lucha social. Ron Stallworth (John David Washington) se convierte en el primer oficial negro del cuerpo de policía de Colorado Springs. No será un ambiente de trabajo cordial, pero está decidido a luchar en nombre de la ley. ¿Su misión? Infiltrarse en el Ku Klux Klan.

Si por algo es reconocido Spike Lee, es por ser un cineasta que sabe cómo llevar a la pantalla las tensiones raciales de la época (Malcom X, Haz lo correcto). Con esta cinta basada en hechos reales, que mezcla el drama y la comedia bajo el marco de una película policíaca, esboza un retrato de los diferentes movimientos del momento: el irracional pensamiento de las corrientes supremacistas contra una comunidad negra que busca no volver a ser silenciada.

En cuanto al nivel interpretativo, la dupla protagonista (Washington y Adam Driver) realiza una correcta y divertida, aunque no especialmente destacable, actuación. De hecho, las interpretaciones más peculiares y que más risas logran sacar a lo largo del filme las lleva a cabo el reparto secundario, formado por actores reconocidos como Topher Grace o Ashlie Atkinson. El montaje de la película, en cambio, sí que es un acierto en toda regla. El director intercala hechos, personajes e imágenes reales con los factores característicos de una trama policial, dándole así la fiabilidad que necesita esta historia.

Disfrutamos de una trama que logra despertar la curiosidad del espectador, en ocasiones incluso ponerlo en tensión. Pero todo esto queda ensombrecido, y no en el mal sentido de la palabra, por el sinfín de humor negro que distingue los 130 minutos de filme. Un humor que resulta tan socarrón como alarmante. Es difícil no reírte con las múltiples ironías que el guion plantea, pero no nos confundamos, el objetivo del director no es hacerte reír, sino reflexionar: al grito de “América primero” y junto a una infinidad de comentarios raciales, se invita al espectador a replantearse si la situación que ve en pantalla se aleja tanto de la sociedad en la que vive.

Ciertamente, esto es lo más interesante de Infiltrado en el KKKlan, la escalofriante sensación de familiaridad que te inunda mientras estás sentado en la butaca del cine. No es ficción lo que nuestros ojos ven: el KKKlan sigue presente (la cinta lo demuestra con uno de los finales más impactantes del año); la policía no ha dejado el racismo atrás y EE. UU. está representada por líderes que exaltan la discriminación. El cineasta manda un mensaje alto y claro: no hay venda que pueda cerrarnos los ojos, nuestra sociedad sigue siendo racista.

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