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‘Litus’: una terapia generacional del duelo

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Fuente: A contracoorriente films

La nueva película de Dani de la Orden trata una situación obviada por la sociedad de una generación que se evade de la realidad para no afrontarla.

El séptimo arte tiene una función social. No sirve de nada hacer un proyecto audiovisual si no tiene un mensaje, un trasfondo, un sentido. El nuevo trabajo de Dani de la Orden, Litus, trata de lo trascendental, de la aceptación de la realidad, del perecer del ser humano y la marcha de un ser querido.

Litus es la obra más personal de de la Orden.  Se trata de un regalo envuelto en muchas capas y matices, de distintas falsas realidades. Inspirada en la obra teatral homónima de Marta Buchaca, nos muestra el oscuro mundo de un joven llamado Litus que decide poner fin a su vida, haciendo que todo lo que esté a su alrededor se tambalease. Varios meses más tarde, su hermano Toni decide reunirles para homenajearle.

Con un reparto seleccionado a conciencia, la magia del cine hace que todo lo que suceda en un pequeño recinto, en este caso un apartamento, te atrape. Y es en ese punto cuando un guion pensado milimétricamente hace que todos los actores tengan un protagonismo más o menos similar. En la primera mitad tienen más protagonismo Adrián Lastra, Belén Cuesta, Alex García, Miquel Fernández y Marta Nieto; mientras que en la segunda, Quim Gutiérrez brilla con luz propia.

La película transcurre en medio de unas conversaciones frías, pero llenas de sentimientos que no salen a la luz. Los actores interpretan a una generación que les toca de cerca, propia de una sociedad introvertida. De este modo, hace una crítica a la realidad social actual. Los jóvenes no saben relacionarse entre ellos en persona, lo hacen a través de internet o los móviles.

Dura realidad

En Litus nos encontramos ante unos diálogos internos muy profundos. La aceptación del duelo o la asimilación de la pérdida de un familiar. Cada personaje lo vive de una manera distinta, propia de una generación que representa a varios roles. Sin embargo, todos tienen en común una cosa: la torpeza. Este hecho genera que existan situaciones cómicas dentro de la gravedad del asunto.

Las despedidas y la superación de aquello que ya no está, el miedo a aceptarlo pero no superarlo. Cada personaje, igual que en la vida real, lo vive de un modo distinto, pero es les resulta imposible no tenerlo presente. Se trata de saber convivir con ello, de hacerse a la idea de que aquello pasado ya no existe pero lo sigues arrastrando.

De la Orden ha logrado representar de la mejor manera posible a una sociedad ególatra, narcisista, introvertida, rencorosa pero nostálgica. De todos modos, cada personaje tiene un lastre en el corazón que tiene un punto en común: Litus. Éste que solo aparece en el inicio de la película pero está ausente en el resto del largometraje,  permite que el resto del elenco pueda interrelacionarse en medio de la catarsis emocional psicológica de las que no quedan.

Bajo la premisa de unas misteriosas cartas que deja Litus, cada personaje recibe un mazazo emocional que gracias a la música es inevitable no conmocionarse ante situaciones que es fácil sentirse representado. Este es uno de los puntos fuertes de la película. El momento en el que el público es uno más, que logra exaltarse en el sillón y empatiza con los seis actores, el film cobra sentido, siendo más dinámica y rápida de lo planteado.

Una película terapéutica

El cine tiene que dar rienda suelta a la imaginación y a la reflexión, incluidas esas películas en las que la trama se basa en una imagen fija observando el perecer de una persona. Y es en ese punto cuando Quim Gutiérrez se come todo el protagonismo y gracias a una interpretación excepcional logra traspasar la pantalla y deja que el espectador se emocione.

Para que esto sea posible, solo es necesaria la carta que le deja Litus a Toni.  Una carta en la que explica los motivos de su marcha anticipada pero decidida. Los temores de una generación que ha estado criada y educada en una sociedad en plena transición a la libertad y democracia pero con valores arcaicos. Los temores, los miedos, las preocupaciones y la falsa obligatoriedad infringida por una sociedad auto vapuleada. Es en ese punto en el que nos adentramos en los problemas de una sociedad dañada por ella misma en la que el temor pese a tener una vida supuestamente perfecta hace que los traumas sigan presentes.

El tabú de la muerte desaparece en esta película gracias a las distintas formas de aceptarlas. Se trata de una película trascendental, que da opciones a reflexionar acerca de esos temas que no queremos pensar. No obstante, el dolor de no aceptar una realidad existencial revierte ante la ineptitud de preocuparse por los demás y preguntar un simple ¿cómo estás? por el miedo de a la respuesta.

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