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Nuevas Masculinidades: un horizonte que alcanzar

Imagen del curso "Género y masculinidades" impartido en la Organización Multidisciplinaria Latinoamericana de Estudios de Masculinidades
Imagen del curso "Género y masculinidades" impartido en la Organización Multidisciplinaria Latinoamericana de Estudios de Masculinidades

Este 8 de marzo surgen diferentes debates y reflexiones sobre la lucha contra el patriarcado. Uno de los más polémicos es el horizonte de un nuevo modelo de masculinidad enmarcado en el feminismo. 

Antes de que comiences a leer el siguiente articulillo sobre «nuevas masculinidades», has de ser advertido/a. Esto no es un manual sobre cómo ser un «buen» hombre en la actualidad. No se trata de enseñar nada. Esto no es más que una simple reflexión, a título personal, sobre cómo los encajes del hombre en esta nueva era en la que la igualdad con las mujeres acabará con los privilegios de unos. Es un deseo o un sueño sobre lo genial que sería nuestra sociedad si dejásemos atrás la masculinidad tóxica que trae consigo el patriarcado.

Estamos en 2021, en el primer cuarto del s.XXI. El siglo de la libertad y la igualdad, o eso dicen. Este año toca reivindicar la igualdad de derechos para las mujeres desde casa debido al contexto de pandemia que aún vivimos. Toca reflexionar desde el sofá o la silla del cuarto sobre muchos temas que rodean la celebración del 8M. Uno de ellos es, sin duda alguna, el papel del hombre en esta lucha por la igualdad de género. Tema polémico por excelencia.

Contexto social

El hombre es y siempre ha sido el género privilegiado. El superior, el mejor, el más válido. El hombre es el que reina en este sistema patriarcal. Creo que en eso no tenemos ni tú ni yo ninguna duda. Los hombres hemos estado (y, lamentablemente, seguimos estando) siempre en el control del poder. Somos los expertos, los gobernantes, los fuertes, los que ganan. Somos los que salvan a las princesas de los malvados.

Desde siempre los hombres hemos nacido con el chip de la masculinidad tóxica. La sociedad tiene establecida que un hombre debe ser valiente y luchador. El hombre debe pelear por ser el más fuerte y el mejor en todo. Un verdadero hombre no llora ni muestra un mínimo rastro de debilidad ni sensibilidad. El hombre es el que trae el pan a casa y el que manda. El que se esfuerza fuera y luego descansa dentro. Un hombre lidera. Sale a cazar con total libertad a la presa que quiera. Uno no se viste de rosa ni se interesa por la moda. De lo contrario, es un «marica». Uno no se deja dominar por una mujer, o es un «calzonazos». Uno no se rinde ni se echa para atrás si no quiere ser conocido como el «flojo» del grupo.

En cambio, la mujer ha vivido (y, aunque cada vez menos, sigue viviendo) siempre sometida, relegada a un segundo plano. La mujer obedece, sigue las órdenes para mantener contento al poder masculino. Las mujeres no tienen voz ni voto en las grandes decisiones. La mujer escucha, pero nunca tiene el turno de palabra. Ella debe esperar a ser salvada por su príncipe azul. La mujer sufre reprimida el patriarcado. La mujer cuida y sostiene el clima familiar. Y si se sale de todos estos esquemas, lo más probable es que acabe en la hoguera de las críticas sociales.

Un nuevo horizonte feminista

Pero esta masculinidad tóxica, en el s.XXI, parece tener los días contados. Lo de antes se empieza a reconocer más entre los jóvenes cómo ser un «unga unga», un «onvre». Es decir, algo del pasado, de las cavernas. Tener masculinidad frágil está cada vez menos de moda entre las nuevas generaciones. Se está abriendo, y es una realidad, un nuevo horizonte en el cual los hombres apuestan por la igualdad de las mujeres. Son cada vez más los hombres que se apuntan a la lista de aliados del feminismo. Que, por su madre, su hermana, su tía o su hija, cree que el patriarcado debe llegar a su fin. Hombres que no tienen miedo a la pérdida del privilegio porque saben que realmente no se pierde nada.

La nueva sociedad que estamos construyendo poco a poco con los avances en materias de igualdad y derechos, quiere también un nuevo modelo de masculinidad. Y no se trata de cambiar comportamientos individuales, sino de generar un nuevo sistema en el que se deje atrás la masculinidad rancia en favor de nuevos modelos. Es cambiar al conjunto, a los hombres en plural. Incluso más que cambiar, evolucionar, mejorar.

Son cada vez más los hombres que, dejando atrás la tradición sexista, visten libremente el color rosa, se pintan las uñas si les apetece o eliminan el insulto «maricón» de su vocabulario. En el deseado nuevo modelo, uno entiende que la mujer debe cobrar el mismo salario que él si se ejercen las mismas funciones. Uno entiende que lavar los platos o cuidar a los hijos no es ayudar a la mujer, sino repartir deberes y obligaciones, siguiendo un modelo de corresponsabilidad. Y que comprende que no debe ser aplaudido por ello, no es un esfuerzo, es lo «normal», lo razonable. Son cada vez más los que callan después de siglos de dominación para escuchar lo que tienen que decirnos las mujeres. Los que entienden que contar con mujeres expertas no debe ser la excepción o para simplemente cumplir una tasa de paridad, que sabe que el género no determina la sabiduría ni la validez de uno/a. Son cada vez más los que entienden que si una mujer dice NO, es NO. Un hombre de ahora debe entender que la mujer es libre para decidir con quién se acuesta, si quiere abortar o no. Son cada vez más los que se suben al tren del respeto y la empatía, y que no por ello son más «flojos» o unos «calzonazos». Son cada vez más los que entienden que la pérdida de privilegios no es en realidad una pérdida, sino un beneficio para el bien común.

Pero queda mucho por hacer para convertir esa nueva excepción en la norma general. Y con el auge de cierta ideología esa evolución está, incluso, en peligro de no completarse.

Los datos del paro femenino siguen siendo los más altos. Las víctimas de violencia machista siguen en aumento año tras año. Las violaciones o agresiones sexuales siguen formando parte del día a día de las mujeres de nuestra sociedad. Las mujeres siguen teniendo miedo a andar solas por la calle cuando anochece y siguen teniendo que avisar a alguien cuando salen y cuando llegan a casa. Una mujer sigue recibiendo menor salario que un hombre pese a estar en el mismo puesto. Una mujer sigue teniendo que cruzar toda una jungla de obstáculos para llegar al podio, frente al hombre, que tiene vía libre al triunfo. Se siguen dando escenas como las acontecidas el pasado sábado en el directo en la red social Facebook de RTVE por la gala de los Goya, en el cual se escucharon comentarios bochornosos como que ciertas actrices eran «putas» o «putones verbeneros» por vestir de una forma u otra. El machismo sigue campando a sus anchas. No podemos olvidar tampoco los «micromachismos», que son aún más peligrosos, porque ni siquiera somos conscientes muchas veces de su presencia.

Y para eso estáis las mujeres con la lucha por vuestros derechos y la igualdad de condiciones y oportunidades. Y no solo el 8 de marzo, sino todos los días del año. Compañeras, vosotras, desde la reivindicación, la concienciación y la educación tenéis la llave del cambio. Seguid empujando por las que no han podido hacerlo. Es hora de desbancar al machismo y a la masculinidad tóxica en favor de la igualdad y los nuevos modelos de masculinidades que son cada vez más aceptados y adoptados, especialmente por las nuevas generaciones.

Ojalá algún día la desigualdad deje de ser noticia y este artículo quede desfasado porque la nueva masculinidad ligada a los valores feministas se haya convertido en la norma. Suerte compañeras, a algunos ya nos tenéis a vuestro lado.

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