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‘El Mito Bolchevique’ y la no-razón de su tardía publicación

Hace un año llegó a mis manos, gracias a un buen amigo, El Mito Bolchevique, el libro de memorias de Alexander Berkman durante su periplo en la Rusia revolucionaria. Llama la atención que, un documento de primera mano sobre la evolución del régimen bolchevique de 1920 a 1922, haya tenido que esperar hasta el año 2013 para que una editorial anarquista, La Malatesta, por fin lo tradujera al castellano. Sin embargo, Imperio, de los pensadores postmarxistas Michael Hardt y Toni Negri, ese magnífico libro que revisa los postulados de Marx y los aplica a la crítica del mundo actual, apenas tardó dos años en llegar a nuestro país tras su primer horneado en el año 2000. Por qué será, será.

Pues probablemente, dirá una mente lúcida donde la sospecha sólo tiene cabida desde el marco de una ideología, porque el libro de Hardt y Negri es mucho más trascendental que el simple testimonio de un anarquista resentido. Seguro que es por eso y no porque cierto sector de la intelectualidad de izquierdas ha ido vituperando y ninguneando, desde cierta guerra, a cualquiera que osara criticar el régimen totalitario con el que primeramente tuvieron amistad y al que después, cuando cayó el famoso muro, han ido profesando idolatría. El relato del desengaño por parte de Berkman con respecto a los bolcheviques, la crítica a la tiranía por parte de unos líderes idolatrados, el reflejo del maltrato a los campesinos empobrecidos por parte de una élite burocrática, la denuncia del aislamiento y la miseria a la que se veían reducidos intelectuales anarquistas como Kropotkin…, todo esto no es digno de tener en cuenta en comparación con, por ejemplo, un Walter Benjamin que llamaba a la peregrinación a Moscú porque era la nueva Jerusalén.

Sí, debe ser que el testimonio de Berkman es sesgado y de mala calidad, por eso no se ha editado en castellano antes. Seguro que no es por la misma razón por la que Sartre despreció públicamente a Camus… Por cierto, ése es otro que tal baila, Albert Camus. Más carne de gulag. Para lo único que ha servido ese existencialista raro es para que dos pensadores en las antípodas del pensamiento político, como son el ya mencionado Sartre, un estalinista, y nuestro Fernando Savater, co-fundador de UPYD, coincidan en poner a caldo al pobre Albert arguyendo que no es un filósofo puro, entre otras cosas. En palabras de nuestro ilustre compatriota, el franco-argelino se metió en el ruedo de la filosofía sin saber torear. Está claro que ambos estaban en lo cierto y que no hay razón para pensar que la realidad es que, cuando eres un librepensador y no dejas títere con cabeza, todos los titiriteros que pudieran estar en disputa se vuelven contra ti.

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