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Miguel Ángel Hernández: «Mi novela comienza con una decepción pero remonta hacia una mirada esperanzada»

Corría el año 2010 cuando Miguel Ángel Hernández Navarro (Murcia, 1977) entró a dar clase de Historia del Arte Contemporáneo en el aula de la Facultad de Filosofía de la UMU para los alumnos de primer año entre los cuales me hallaba presente. Comenzó el cuatrimestre haciendo un chiste sobre la escultura de ocho metros de un pene expuesta en ARCO para inducirnos a debatir sobre qué es arte. Siete años después, su ironía a la hora de tratar temas sacralizados por los intelectuales no ha hecho más que crecer y expandirse vía twitter, así como su vocación de escritor que compagina con sus clases en la universidad como historiador del arte.

 

Cuando El instante de peligro salió al mercado, tú te encontrabas en una estancia de un año en una universidad de Estados Unidos, por lo que el inicio de las presentaciones se postergó hasta mucho después de su publicación. Debió de resultar extraño.

Sí, desde luego. En principio uno no tiene por qué acompañar al libro, pero descubrí que realmente me gustaba estar en el contexto. Me perdí el que la gente se acerque a ti tras una presentación y te hable del libro, verlo expuesto en las estanterías de las librerías… No disfrutas de un momento que también es literario, no ves el fruto de tanto trabajo. Es como hacer una comida para familia y amigos y no ver cómo disfrutan de ella. Llegué a sentir que no estaba donde debía, como un padre ocupado que se pierde los primeros pasos de su hijo.

Aún así, como no eres un autor que teme exponerse a las redes sociales…

Puedes decir que no tengo pudor, directamente (risas)

Lo que quiero decir es que gracias a Twitter y Facebook pudimos estar al tanto de cómo, pese a la distancia, recibiste un lote de ejemplares, cómo le dabas difusión, etc. ¿Cómo fue la recepción al otro lado del charco?

Escasa, no más allá de mis amigos y alguna comunidad pequeña. La literatura española en Estados Unidos interesa más bien poco y eso que Anagrama tiene alcance internacional. Si acaso están más interesados en la literatura latinoamericana. Es por eso que sentí que no estaba donde debía, porque no se le estaban dando importancia a algo que para mí era muy emocionante. Fue extraño porque al mismo tiempo la experiencia me gustó, ya que mi estancia allí fue como estar en una burbuja que me aislaba de todo lo que sucedía en España y que me dejaba más tiempo para investigar y escribir.

La novela es en cierto modo una epístola intimista en la que el personaje principal, Martín, vuelca todo ser sin tapujos. Habla de la nostalgia, de volver a empezar, del amor, del sexo, del arte… Y en gran medida de la figura de Walter Benjamin. ¿Qué supone para ti este autor?

Es una referencia ineludible y fundamental a muchos niveles, siendo el más evidente el plano teórico. La filosofía de Benjamin me lleva interesando desde hace ya tiempo, sobre todo sus reflexiones en torno a la obra de arte y sus transformaciones en la época contemporánea, en las cuales había trabajado desde la óptica del crítico de arte. Pero luego hay otro componente que es el plano afectivo, su figura siempre asociada a la melancolía, su correspondencia con Adorno o con sus amantes… Escritos en los que los que lo personal es fundamental y con los que te das cuenta de que la filosofía de Benjamin es en realidad un posicionamiento personal en los que se legitima un tipo de intuiciones con respecto al mundo. Me interesa dejarme llevar por ese pensador afectivo y por eso mi novela intenta indagar en cómo los afectos despliegan teorías y cómo ambos planos no están separados. Todo esto es algo que me lleva obsesionando bastante tiempo y que se ve reflejado en mi libro porque el protagonista también lo está.

A tu anterior libro, Intento de escapada (Anagrama, 2013), lo envolvía un aura de pesimismo. Sin embargo, El instante de peligro revierte este pesar en una mirada esperanzada al futuro tras la nostalgia con la que el protagonista mira constantemente al pasado. ¿Este contraste es fruto de tu evolución vital?

En cierto modo sí, aunque es algo que he descubierto después, que no iba buscando. Intento de escapada es la historia de una primera fascinación por el mundo pero que decae en una decepción, de un aprendizaje que acaba mal al descubrir que las cosas no son tan mágicas como pensamos. Al contrario, El instante de peligro comienza con una decepción pero remonta hacia una mirada esperanzada dentro de la nostalgia que nos hace pensar que al menos hubo momentos en los que sí que hubo magia dentro de la realidad. Es una experiencia vital y generacional fundamental en mi literatura. Lo que les pasa a Marcos y a Martín en mis novelas me ha pasado a mí pero también a cualquiera que se haya ilusionado siendo joven pero se ha encontrado con un mundo que no era el que se esperaba. Son un retrato de juventud y de la crisis de los cuarenta, de la adolescencia y de aquellos que han llegado a la mitad de su vida y no saben cómo continuar la otra mitad.

Siguiendo a autores como Vila-Matas o Paul Auster, parece que no tienes miedo a desnudarte literariamente. Se puede ver en tus publicaciones semanales para medios como la revista Eñe cómo haces públicos a modo de diario experiencias personales en las que hablas sin tapujos de temas que son íntimos o que desafían la normatividad. Esto también se ve reflejado en los tintes autobiográficos de tus novelas. ¿Has descubierto tu género en la autoficción?

Desde luego es algo que me sale natural. En lo que estoy trabajando ahora es definitivamente autobiográfico y el personaje se llama como yo. Aún así, no sigo un programa literario que he pensado y detallado, sino que escribo de manera natural, del mismo modo que escribo el diario o un tuit. Mis escritos giran en torno al yo y cómo éste se configura literariamente, pero no sigue un plan específico. Yo no soy un escritor profesional que puede escribir sobre cualquier cosa, sino que vuelvo una y otra vez a mi lugar común que es la disolución del corte entre vida y literatura, ya que para mí son la misma cosa. A esto se le puede llamar autoficción o figuración del yo que diría Pozuelo Yvancos, autobiografía, memorias… Al final el término es lo de menos. Mis novelas tratan sobre el yo en el cual el yo real está muy presente casi en un sentido performativo.

He leído algún que otro artículo y entrevista en el que se deja caer que evades hablar de política. ¿Es cierto que eludes el posicionarse en estos términos?

Bueno, eso no creo que sea cierto ya que suelo hablar bastante de política. Lo que ocurre es que no guardo fidelidad a ningún partido en concreto. Tal vez esto hace que parezca que soy apolítico, pero no es así. Creo que quizá se me achaca esto porque nos hemos acostumbrado al pensamiento único de un lado o de otro, cosa que no aguanto y que conlleva al silencio del pensamiento político libre e individual, al veto de la corrección política. He votado a lo largo de mi vida a todos los signos políticos de este país exceptuando a la extrema derecha. Y esto se debe a que también en este ámbito he ido evolucionando. Al final uno se define como sujeto político según también el contexto en el que se encuentra y la experiencia lo va transformando. Tanto la pregunta como la respuesta por la política son presentistas. Si me preguntas con quién me identifico políticamente, te puedo dar una respuesta que se ajusta al momento en el que me encuentro y a las circunstancias que me rodean, pero no te puedo dar una respuesta total que abarque toda mi historia. Si me apuras, puedo decirte que actualmente me costaría trabajo votar a Podemos pero aún más al PSOE y, sobre todo, sería imposible que votase al PP o a Ciudadanos. Además, cuando uno va a votar también lo hace no sólo en base a sus convicciones, sino planteándose una estrategia, porque tal vez esté más de acuerdo con un partido minoritario pero vote a otro con el que lo estoy menos porque creo que tiene más posibilidades de derrocar al actual. Resumiendo, ahora mismo me definiría como una persona mayoritariamente de izquierdas que votaría a la mejor opción para echar a la derecha del poder. Al final sí que me he posicionado, ¿no? (risas)

Se te ha visto especialmente activo en Twitter a causa de la condena a César Strawberry y Cassandra Vera. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Me parece deleznable, algo propio de un régimen fascista. A grandes rasgos, la censura parte de la idea de que uno está en posesión de una verdad que otro no tiene y, por tanto, hay cosas que, según este poseedor de la razón, no se pueden decir. Al fin y al cabo, esto es síntoma de que vivimos bajo el amparo de un totalitarismo o, al menos, de un Estado que usa ciertas herramientas totalitarias. Por tanto, creo que por encima de todo ha de primar la libertad de expresión y no se puede condenar a alguien por hacer chistes sobre Carrero Blanco, al igual que tampoco debería condenarse Jorge Cremades por hacer vídeos rancios que cosifican a la mujer por mucho que lo deseen los amigos de la poscensura, un acto que retrata muy bien Juan Soto Ivars en Arden las redes.

Por último, has dicho que ya estás trabajando en otro proyecto literario. ¿Nos puedes adelantar un poco de qué trata y una fecha de publicación aproximada?

Sí, ya tengo finalizado el primer borrador de una novela autobiográfica en la que hablo de un crimen ocurrido en Murcia hace un tiempo, lo que supone un cambio de contexto radical en el que ya no aparece el mundo del arte sino la huerta murciana (risas). No hay nada de ficción, todo lo que sucede en el libro es real, por lo que pasa a conformar junto con mis anteriores novelas una trilogía en la cual el yo se hace cada vez más evidente, cerrando así un ciclo autobiográfico con un personaje que ya no es sólo un trasunto de mí mismo sino que directamente soy yo.

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