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Cultura

Juan Soto Ivars: «No creo que haya algún medio que no intervenga en la poscensura»

Entrevistamos a Juan Soto Ivars, autor de «Arden las redes», ensayo en el que acuña un nuevo término a tener en cuenta dentro del mundo virtual: la poscensura.

 

¿Por qué este título,  Arden las redes?

Porque es el titular más común en los medios a la hora de informar sobre linchamientos en las redes sociales. Detrás de ese titular en plan “arden las redes tras las declaraciones de tal persona” hay una noticia que no se está tratando de la manera más adecuada. Los medios no se limitan a narrar la historia de alguien que ha podido hacer un comentario, de peor o mejor gusto, y de una muchedumbre que cree que esta persona merece un castigo por ello, sino que más bien se dedica a fomentar esa actitud de verdugo que tiene dicha muchedumbre. He elegido, por tanto, este título porque me parece que es una expresión sintomática de lo que trato en el libro.

Cuando uno lee tu libro, da la sensación de que existe una especie de guerra de trincheras en las redes sociales.

Claro que existe. Hay varias perspectivas a la hora de tratar este fenómeno actualmente. Por ejemplo, Mark Thompson, el director ejecutivo del New York Times, en un libro que se llama Sin Palabras estudia cómo el populismo de cualquier signo político pervierte en su discurso el uso de las palabras y de la verdad para transformarlas y utilizarlas según un esquema muy cerrado ideológicamente. Otra perspectiva es la del libro de Eli Pariser, El Filtro Burbuja, en el que se explica cómo la propia programación de las redes sociales favorece que los bandos se aíslen y sólo se comuniquen para enfrentarse en una auténtica guerra de trincheras. Mi libro, sin embargo, tiene un enfoque más relacionado con la psicología social más que desde la técnica o desde la política. Es un libro, además, con un toque muy pesimista, aunque me consuela saber que si este tema se está estudiando desde tantos puntos de vista diferentes es porque es indicativo de que quizá pronto encontremos soluciones al problema.

La pregunta es obligada: ¿cuál es la diferencia esencial entre la censura ortodoxa y este nuevo término que tú has acuñado como “poscensura”?

La censura clásica es un sistema legal instaurado por un Estado, normal pero no necesariamente totalitario, el cual quiere limitar qué se puede decir. Un ciudadano que esté bajo el yugo de un Estado de estas características sabe a qué atenerse, si por ejemplo va a ser condenado o no por elaborar un panfleto o hacer ciertas declaraciones. Sin embargo, la poscensura carece de una regulación estatal, no tiene unas leyes detrás impuestas, sino que es posmoderna, es decir, no tiene unas normas ni unos castigos definidos, es arbitraria. Además, la poscensura es muy difícil de controlar porque, al carecer de un sistema de leyes, no se puede derogar y, aunque no haya necesariamente un control directo del poder, esto le beneficia porque somos nosotros mismos mediante los linchamientos en las redes sociales los que estamos echando brotes verdes a la hoguera censora para que echen humo y nos  distraiga de los asuntos realmente importantes.

¿Crees que la poscensura es más difícil de paliar que la censura vertical?

Sí. Mira, en el caso de Cassandra Vera, por ejemplo, ocurre que sufre los dos tipos de censura por lo que dijo en sus tuits, pero la censura que le ejercen judicialmente sería relativamente fácil de cambiar ya que bastaría con modificar el artículo 578 del código penal. No es tan fácil de detener, por el contrario, la censura horizontal que sufre en las redes sociales ya que, después de que se hiciese pública su condena, usuarios de twitter y medios de comunicación se dedicaron a prolongar el linchamiento sacando a la luz alguna que otra barbaridad en 140 caracteres que dijo en el pasado, cuando era incluso menor de edad, sobre varios políticos de derechas. Este linchamiento, por tanto, es mucho más difícil de paliar porque es mucho más complicado y requiere una estrategia mucho más etérea conseguir que un grupo de personas fuertemente ideologizadas deje de acosar a esta chica y de arruinarle la vida.

¿Qué papel crees que juegan los medios de comunicación en la poscensura?

Pues uno activo, desgraciadamente. Yo soy muy crítico con la prensa, aunque en los últimos meses he advertido que algunos no caen en este juego sucio. Los medios de comunicación no deben limitarse a cuál es la opinión en las redes con respecto a las declaraciones de alguien ya que suelen ser de rechazo frontal y virulento. Los medios deberían hacer un mayor ejercicio de investigación a la hora de tratar esto para informar también de qué intereses hay detrás de los linchamientos. Lo que ocurre es que realizar dicha investigación requiere bastante tiempo, o por lo menos a mí me lo tomó a la hora de escribir mi libro, pero los medios tienen mucha prisa por generar tráfico y, si el trending topic del día está relacionado con Dani Rovira, se van a lanzar a informar sin filtro sobre este hecho sin pararse a reflexionar por qué la gente está enfadada (o finge estarlo) con el cómico malagueño, avivando así la llama del linchamiento al difundirlo.

¿Qué medios crees que están libres de participar en la poscensura?

No creo que exista algún medio que no intervenga de alguna manera en este juego pero sí que hay voces críticas con respecto a esta actitud entre sus filas. De todas formas, el principal problema que observo con respecto a los medios de comunicación, por el cual han perdido tanta credibilidad, es porque sus dueños son sus acreedores, lo cual es algo anterior al boom de la poscensura. Yo me largué de El País precisamente por esto, porque es un periódico que obedece a los intereses de las empresas para las que es deudor. La deuda que tiene Prisa y la conexión que tiene con el Gobierno, sobre todo con Soraya Sáenz de Santamaría, hace que haya menos libertad a la hora de opinar en este periódico que en El Confidencial. Hay una censura, por otro lado, que se nota sobre todo en las secciones de economía. Las empresas grandes son entes noticiosos que influyen  mucho en la población y hay muchos medios que no pueden informar sobre esto. Sucedió con la lista Falciani: mientras El Confidencial estaba informando sobre ella, todos los medios en papel salieron encartados en un anuncio del Santander, lo cual me pareció un acto de censura de lo más impúdico por parte de este banco. Así que, comparado con este gran problema, creo que el papel que juegan los medios en el linchamiento ideológico me parece casi anecdótico.

En el apartado “La censura en democracia” de tu libro, refiriéndote al caso de Justine Sacco, dices: “cuando las redes humillaban a un ciudadano cualquiera, la cobardía de las empresas repercutía directamente en su despido”. ¿Crees que esto se aplica a la reciente polémica entre Inés Arrimadas y la independentista que deseó que la violaran en grupo?

Por supuesto, porque yo no conozco las circunstancias en las que esa mujer dijo esa barbaridad. Podía estar bajo los efectos del alcohol, por ejemplo. Por este acto aislado, yo no puedo saber si es una buena o mala trabajadora. Quizá en lo relativo a su trabajo no haya ninguna queja. Las empresas rápidamente intentan deshacerse de las personas que están en el punto de mira de los linchamientos porque saben que también pueden ser el objetivo contra el que los que los usuarios de las redes sociales desatan por extensión su furia, pero no se paran a pensar si al despedir a un empleado están incurriendo en un acto improcedente. Lo que uno diga en las redes sociales, aunque sea una absoluta barbaridad, no debería de influir en la valoración sobre si una persona debe continuar o no en su puesto de trabajo. Para trabajar no tenemos por qué ser necesariamente buenas personas. Se ha producido un deslizamiento pernicioso hacia una moralina según la cual tenemos que ser, fuera del trabajo, buenos ciudadanos. Yo no necesito que cuando coja  un taxi su conductor tenga un expediente limpio. Si, por ejemplo, estuvo en la cárcel por violación y  tras cumplir su condena se dedica este oficio, no veo por qué no puede hacerlo. Es un puritanismo muy peligroso creer que alguien para desempeñar un trabajo deba tener un expediente intachable.

¿Qué papel juega el sentimiento de traición en la poscensura?

Uno muy importante. Si tú eres una persona de convicciones de izquierdas no temes a priori que te insulten individuos de extrema derecha porque entiendes, aunque llegue a ser molesto, que son tus rivales y consideras normal que reaccionen de esa manera ante tus comentarios. Pero, en el ambiente de las redes sociales, si haces una crítica de algo que ha hecho tu propio bando sí vas a tener miedo de que te reprochen que estés a favor del contrario, de que te tachen de traidor y quedar excluido, lo que va a provocar que muchas veces te muerdas la lengua y dejes de expresar algo que te gustaría decir. Por eso la víctima de la poscensura no es sólo la víctima del linchamiento sino el debate público, porque se pierde el espacio para matizar en favor de una radicalización brutal. Es lo que estamos viendo ahora en Cataluña: se llama al que matiza equidistante, y se ha convertido en un insulto algo que significa ecuánime.

Precisamente, en tu blog España is not Spain, hemos podido seguir de cerca tus análisis acerca del procés. ¿Crees que Cataluña es ahora mismo un buen hábitat para que proliferen casos de poscensura?

Cataluña es el laboratorio perfecto para estudiar la poscensura ahora mismo. Está a tal nivel de surrealismo lo que está pasando aquí y se han adoptado posturas tan injustificables por ambos bandos que casi parece una simulación de todo lo que he reflejado en el libro.

El libro comienza con una reinterpretación de una frase de George Orwell: “si la mayoría de la gente deja de estar interesad en la libertad de expresión, dejará de haber libertad de expresión aunque las leyes lo permitan”. ¿Crees que a la gente ha dejado de interesarle la libertad de expresión?

La gente ha dejado de saber qué es la libertad de expresión, más bien. Hay tanto gilipollas diciendo cosas que nos ofenden que hemos empezado a creer como sociedad que hay un límite y cada uno lo pone donde le molesta. Muchas veces también se cree erróneamente que el comentario que nos ofende hace apología de algo peligroso. De hecho, la palabra “apología” nos sirve de termómetro para saber si un tema está envenenado de poscensura. Mucha gente ha decidido que la libertad de expresión es peligrosa por motivos ideológicos y, por suerte, los casos judicializados en los que se condena ideológicamente a alguien son pocos comparados con los casos de linchamiento digital que existen y en los que se pide que se lleven a un plano legal, a aumentar el tamaño de la mordaza. Hay cierta hipocresía en este sentido, en gente que critica la Ley Mordaza por un lado pero que estaría encantada de que se aplicase al bando contrario. Por ejemplo, sorprende que haya gente de izquierdas en contra de Ciudadanos diciendo que a Girauta habría que aplicarle la Ley Mordaza porque publicó una foto de un mosso d´esquadra con una estelada tras la cual esperaba un linchamiento digital. Yo no estoy excusando la acción de Girauta, de hecho la critiqué en su momento, pero creo que hay que tener unos huevazos morales para pedir que a alguien le apliquen una ley contra la cual te has manifestado. Es esta doble vara de medir basada en el “y tú más” un indicador del fanatismo social que vivimos.

Dijiste en La Sexta Noche que eres un defensor radical de la libertad de expresión, que incluso quien esté a favor del terrorismo tien que poder hacer apología del mismo. ¿Por qué no ha de tener límites la libertad de expresión?

Sí debe tener límites. Yo creo que el límite tiene que estar en si usas mentiras para arruinarle la vida a alguien, en la calumnia. Y también puedo entender que hay mensajes muy peligrosos que tienen que ser perseguidos como los que lanza el Estado Islámico en redes sociales para captar adeptos. Sin embargo, lo que dije en el programa lo dije en relación a lo que se entiende ahora como apología del terrorismo etarra. Desde que ETA se desarticuló se han multiplicado los delitos de apología del terrorismo, lo cual no tiene sentido porque ya no existe la banda terrorista. Si alguien hace un chiste de mal gusto sobre las víctimas del terrorismo, entiendo que haya gente que se ofenda pero no se debe condenar a nadie por ello.  Si ahora mismo alguien considera que ETA era un movimiento que luchaba por la libertad del pueblo vasco, que lo diga y se retrate para ser discutido, pero no me parece que el comentario en sí tenga que ser un delito. Somos una sociedad adulta, se supone, y tenemos las herramientas necesarias para derribar este tipo de argumentos. Pasó también con el caso del autobús de “Hazte oír”. ¿Por qué habría que prohibir a ese autobús su circulación? No hay necesidad de eso ya que de por sí generó una gran movimiento de repulsa, no tenía ningún peligro porque cualquier persona adulta era capaz de ver que esos tipos eran unos intransigentes y no quería tener nada que ver con ellos. Por tanto, el hecho de que las apologías se persigan judicialmente o con linchamientos digitales es propio de una sociedad aniñada.

Por último, tu libro se está vendiendo de manera espléndida pero, al mismo tiempo, el ejercicio de la poscensura siguen aumentando. ¿Veremos pronto un análisis de nuevos casos en los que la poscensura ejerce su poder?

Bueno, de vez en cuando en El Confidencial sigo tratando casos especialmente sangrantes, pero no, no tengo intención de sacar otro libro sobre este tema porque los casos de los que hablo en Arden las redes son paradigmáticos para explicar el fenómeno y los que están ocurriendo desde que los publiqué son reflejos de los que ya trato en el libro.

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