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Bécquer: un nuevo homenaje de ‘El Ministerio del Tiempo’

Creo recordar que Albert Camus dijo que era bueno que en su época se abusara del género novelístico, pues, que cualquiera pudiera creerse con el ingenio suficiente como para poder escribir una novela, haría brillar con mayor intensidad las mejores obras del mismo modo que un oasis en medio del desierto ha de parecer tan frondoso como una selva amazónica. No le faltaba razón al francés. Si extrapolamos su teoría al arte de nuestro tiempo, al cine, en el cual hay que incluir ya a las series de televisión por mucho que algunos esnobs piensen que no son más que puro entretenimiento, podemos encontrar una perla entre el detritus de la televisión española, El Ministerio del Tiempo, cuyo fulgor se me presenta más acentuado cuando su telonero es el programa rancio de ese presentador falto de dicción llamado Javier Cárdenas. La creación de los hermanos Olivares roza la excelencia gracias a esa intención de educar entreteniendo que siempre ha caracterizado a nuestra televisión pública y que, pese a su dirección tendente en los últimos años a limpiar con fruición las deposiciones de las gaviotas, aún no ha abandonado del todo.

La serie tiene como argumento la salvaguarda de nuestra Historia gracias a los viajes en el tiempo por unas puertas misteriosas pero, incidiendo en lo dicho anteriormente, esta base común es casi una excusa para que el público pueda conocer de manera amena a personajes históricos importantes como el Empecinado, echar un vistazo al panorama político de un pasado concreto, interesarse por cuadros de Velázquez, tantear el teatro de Lope de Vega o animarse a leer versos de Lorca. La temática temporal se utiliza de manera metacinematográfica, con numerosos guiños al espectador avezado en el visionado de clásicos de la ciencia ficción, y sirve para conducir el desarrollo de cada episodio, no importando demasiado que en un capítulo el tiempo sea el que es, que en otro funcione en bucle como en El día de la marmota o que en el de más allá se caiga en paradojas clásicas.

El tercer capítulo de esta nueva temporada es una buena prueba de ello. En esta ocasión, hemos podido viajar con Amelia y su patrulla al siglo XIX para conocer al poeta más icónico de nuestro romanticismo, Gustavo Adolfo Bécquer, al que Tamar Nova logra calcar gracias a una actuación impecable y a un equipo de caracterización merecedor de todos los laureles posibles. La ambientación en tonos grises de la sierra del Moncayo es inmejorable, donde la cámara juega bien a las persecuciones bajo la luz de la luna y a los encuentros fugaces en un bosque de árboles nudosos y retorcidos que se suman, junto al monasterio gótico, a ese recorrido de lugares comunes que ilustran magistralmente, en apenas una hora y diez minutos, los fundamentos del romanticismo más tétrico. Una vez más, el enorme bagaje cultural y la pasión por el homenaje a otros artistas de Javier Olivares conlleva que cada capítulo mute formalmente con respecto a la época a la que se viaja y que se mimetice estéticamente con el movimiento cultural correspondiente.

Tal vez, y por eso reitero que la serie roza la excelencia pero no la alcanza, esa vocación por el edutenimiento hace que en ciertos momentos se abuse en demasía de las referencias y que el final de algunos episodios quede precipitado. En el capítulo de Bécquer podemos comprobar cómo, en sus últimos compases, la ambición por abarcar tantos temas desluce uno tan importante como es la crítica de género, el cual hubiera necesitado de más detenimiento. De cualquier modo y parafraseando a Nietzsche, es este exceso de fuerza el que constituye la prueba de la fuerza de esta serie.

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