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Moción de espectáculo

La crispación parlamentaria y el afán de confrontación continúan desvirtuando la esencia de los mecanismos de control al Gobierno establecidos por la Constitución.

El aparataje institucional español atraviesa una etapa de gran convulsión interna. Con la sociedad civil organizada más desorganizada y aletargada de los últimos años, las grietas del sistema, ahora, empiezan a producirse desde dentro.

Y es que la irrupción parlamentaria de la ultraderecha ha provocado no solo un deterioro democrático galopante, sino, además, una deformación de los mecanismos que el Parlamento pone a disposición de los diputados para dignificar el proceso de representación del pueblo.

Una moción que nace muerta

Antes de las vacaciones de verano, Vox anunció que presentaría una moción de censura contra el Gobierno de coalición. Así se lo permiten sus resultados en los últimos comicios. Los 52 escaños cosechados en noviembre de 2019 hacen que la formación de Abascal sea una de las cuatro fuerzas con poder para firmarla, dado que la Constitución establece una décima parte de los diputados, es decir, 35 de los 350.

A diferencia de lo que ocurre en otros países, la moción de censura española tiene un carácter constructivo, es decir, no vale con reunir una mayoría alternativa en torno a la idea de desalojar al presidente de su cargo y la convocación de elecciones; más allá de esto, es necesario proponer otro candidato. Así, la moción de Vox, en el más que improbable caso de que acabara prosperando, terminaría con Santiago Abascal como presidente de España.

La moción firmada por la ultraderecha y que será expuesta por su líder catalán, Ignacio Garriga, no tiene más apoyos garantizados de los que pueden asegurarles sus 52 diputados. De este modo, si no lograran superar ese número, se convertiría en la moción de censura con menos votos de la democracia.

El postureo parlamentario

La pregunta que muchos españoles se estarán haciendo, entonces, es por qué se pone en marcha un mecanismo de control parlamentario con el conocimiento previo de que no conseguirá su objetivo. La respuesta se puede encontrar fácilmente en cada debate que mantienen sus señorías en la cámara baja, con continuos reproches, desconsideraciones y faltas de respeto al protocolo institucional.

La clase política española hace tiempo que vive instalada en la confrontación, el ritmo frenético que marcan los medios de comunicación y en la búsqueda del mejor plano. Es así como se desvirtúa la esencia del hecho político, desde la escasez de diligencia y el exceso de postureo. Seguir alejando al pueblo de la élite no parece el mejor camino para afrontar la recuperación económica y social tras la pandemia.

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