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Duterte plantea cambiar el nombre de Filipinas a “Maharlika”

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Duterte en reunión con Putin

El giro político de Filipinas a manos de Duterte podría materializarse con el cambio de nomenclatura del país, “Maharlika” es el término favorito

Cumplíase el proyecto de Colón, España caput mundis llegaba al extremo oriental del mundo. Pocas semanas después de pisar aquella tierra exótica (1521), perecería el arquitecto de tan admirable hazaña, el capitán Fernando de Magallanes, como no podría ser de otra forma, luchando en la conquista de tan apreciada tierra. En aquel simbólico gesto, el Imperio Español unió por primera vez en la historia aquel archipiélago en una entidad política conjunta: la Capitanía General de las Filipinas.

Manila, por aquel entonces, era la capital del Reino de Filipinas, una entidad política subordinada como estado satélite del Sultanato de Brunéi.  Los dirigentes del sultanato ante la superioridad militar de aquellos combatientes españoles que les desafiaban su hegemonía, decidieron que Manila sería musulmana o no sería. Tal que así, en 1570 prendieron fuego a la ciudad, desvalijando y reduciendo a cenizas la ciudad de Manila. No obstante, del fuego y los rastrojos dejados atrás por los musulmanes nació una Manila nueva, germen de la actual Filipinas.

En 1571 los españoles comenzaron a reconstruir aquello que otros habían decidido calcinar. Y no solo la reconstruyeron, sino que la zona conoció un esplendor como nunca antes había conocido. Los españoles trajeron diversas nuevas tecnologías y materias primas, como el reloj, el maíz, la imprenta o el arado, pero no sólo eso, también universidades y órganos políticos consistentes. Los antiguos mal llamados filipinos (antes eran españoles, tanto o más que alguien nacido en Valladolid), por culpa de aquella “bárbara conquista” tuvieron la mala suerte de sufrir un proyecto innovador y prestigioso para la época: en 1863 se llevó a cabo la obligatoriedad de educación pública en la región, con el que buscaban aumentar el índice de alfabetización, y fue otra batalla ganada con éxito por los españoles.

Es por eso, que quizás hemos calado en Filipinas. Nosotros, que resurgimos lo que otros quisieron eliminar para siempre, dimos pie a lo que hoy es la República de Filipinas. Y hoy, quieren eliminar este legado. Combatiendo hasta el final por la defensa de la hispanidad de las islas, estuvieron los españoles, que no solo se enfrentaron a sociedades secretas de oscuras intenciones aliadas con los Estados Unidos, sino también a la dejadez de unos políticos españoles que casi nunca estuvieron a la altura del país al que representaban. Aquellos filipinos revoltosos e ingenuos creyeron que aliándose con los americanos tendrían mayores libertades, no obstante los estadounidenses jamás aprobaron la República Filipina, y la gobernaron colonialmente desde la retirada española en 1898, hasta que los japoneses invadieran el archipiélago durante la Segunda Guerra Mundial dejando atrás un rastro contabilizado en millones de asesinatos.

Enfrentamiento nominal

Apostillado en 1543 en honor al emperador Felipe II de España, Filipinas tiene un legado español explícito e inexorable. Hoy en día, independiente desde unas décadas atrás, lejos de estar vinculados por la subalternidad política, la clase política de Filipinas busca desconectar totalmente al estado de su obvia conexión con España. Rodrigo Duterte, presidente de la República de Filipinas desde 2016, se vanagloriaba hace escasas horas de advertir que tienen en pie un proyecto para el cambio de nomenclatura del estado. <<Maharlika>> parece ser el elegido por Rodrigo y los suyos. El término hace referencia a un estatus social subnobiliario prehispánico, aunque más tarde fue también utilizado como apelativo para las guerrillas antijaponesas durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la dictadura filipina, Fernando Marcos el dictador filipino, mantuvo un proyecto similar para efectuar el cambio de nombre del país filipino al también llamado <<Maharlika>>, sin embargo jamás fructificó.

Duterte afirmaba que el cambio de nomenclatura se debía a que el término de Filipinas conllevaba ciertas connotaciones cristianas y coloniales, y que debido a la existencia de musulmanes en territorios filipinos, habría que suprimir el término para no herir sensibilidades. No obstante, la confesión católica corresponde al 80% de la población filipina. No con menos demagogia e imprudencia histórica se refería a ello así, el propio Rodrigo Duterte: “En Mindanao o Luzón no queda islam, fuimos convertidos brutalmente, los españoles mataron a todo aquel que no quería ser cristiano”.  Pareciera que antes de la llegada de los españoles no existiera ni colonialismo ni conversiones forzosas. Surgido a casi 10.000 kilómetros, el islam practicado por las élites filipinas y que subyugaba al país con un estado satélite, parece mucho más respetable que el aporte español. La Historia la escriben los vencedores, de eso no hay duda.

Un cambio político de hondo calado y de rápida aplicación

Odiado y amado por muchos, admirado y execrado por otros iguales, el presidente filipino Rodrigo Duterte pretende dejar su marca en la historia de Filipinas. Desde su independencia, Filipinas ha sido un pilar de apoyo en el cercamiento a China. Actualmente Filipinas tiene un total de cinco bases americanas en su territorio, no obstante el peso de su economía ha ido decreciendo en favor del crecimiento asiático. Si bien, el desempeño energético de Filipinas requiere de mantener cierto puente entre los aliados árabes de Washington. El petróleo consumido en filipinas proviene casi en exclusiva de los países arábigos en la línea política de Estados Unidos, empero el peso chino en la economía filipina es alto y en aumento. En torno al 35% de las exportaciones filipinas viajan hacia China.

De forma contraria al transitar de la historia, China y Filipinas, enemigas irreconciliables enfrentadas artificialmente desde Washington, parecen haber encontrado un filón de apoyo mutuo. El Mar Meridional Chino, en el que convergen diferentes países del sudeste asiático (China y Filipinas incluídos) es el escenario de un complejo cúmulo de intereses contrariados. Las islas Spratly han sido un punto de desencuentro entre el gobierno de Pekín y Manila desde hace décadas, cuya resolución en 2015 mediante una Resolución de la Corte Permanente de la ONU daba fin a dicha contienda diplomática, fallando a favor de Filipinas. Una vez superado dicho enquiste, Xi Jinping parece haber encontrado en el giro político de Filipinas un nuevo aliado. El propio Duterte lo aseguraba así, cuando tras su elección en 2016, viajó a Pekín para una visita oficial, ofreciendo su ayuda de forma reiterada a un eje antiamericano.

Tras dicha visita, Filipinas encontró una inversión financiera de 24 billones de dólares para infraestructuras procedentes de China, así como diverso material militar y ayuda logística. A cambio, China busca tener un aliado para proceder al control exhaustivo del Mar Meridional Chino, espacio geopolítico de vital importancia, dado que por dicha senda comercial fluye el 20% del comercio internacional global.

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