El éxito de la campaña de Correos debe marcar un punto de inflexión en adelante sobre cómo gestionar recursos en favor de la concienciación social.

España vuelve a dividirse, si es que ha dejado de hacerlo en los últimos tiempos, para valorar la última campaña publicitaria de Correos. La empresa pública de paquetería puso en marcha una controvertida estrategia con la vista puesta en el colectivo LGTBI: venta de sellos a un euro la unidad, paquetes especiales, además del vinilado de furgonetas y decoración de buzones con el arcoíris.

Los colores de la bandera del orgullo empezaron a dar vivacidad a las calles y las primeras críticas no se hicieron esperar. El sector más tradicional (tradicionalmente intolerante, entiéndase) se lanzó a pedir explicaciones por la elevada suma de dinero que, supusieron, se habría desembolsado desde las arcas públicas. Lo cierto, sin embargo, es que la campaña costó 10.351 euros, según ha asegurado la empresa.

Mayor fue su desgracia cuando se pusieron sobre la mesa los datos más reveladores: se habían obtenido 16.174 euros de facturación a través de los sellos a los tres días de salir a la venta. La cifra había aumentado hasta casi los 18.000 este último lunes. De hecho, es la segunda colección de sellos más vendida por Correos en su historia, solo por detrás de la que se dedicó a Star Wars.

Los tres cerditos

Como suele pasarle a la ultraderecha, que miren si tropieza veces con la misma piedra, se le desmonta con sencillez. Uno ya casi se puede imaginar fácilmente a Abascal, Espinosa de los Monteros y Ortega Smith como los tres cerditos, dentro de su endeble casita fabricada de bulos, mientras los datos llegan a modo de viento huracanado que derruye los muros construidos con el cemento del odio.

Sin embargo, no se vayan a confundir las cosas, no deja de ser peligroso. Los españoles de pulsera, ahora, no entienden el uso de unos colores representativos para defender derechos sociales. Deben comprender, no obstante, que hace ya tiempo que alejaron la rojigualda de estas causas. Llevan años defendiendo que la homofobia está superada. Eso sí, no dejan de dar motivos para continuar la lucha. Contribuyen sin escrúpulos a deslegitimar la necesidad de un movimiento LGTBI fuerte, pero lo hacen cada vez más urgente al reproducir muchos y diversos prejuicios sobre la libertad sexual del colectivo.

Más Correos y menos odio

Una paradoja, esta, que no parece estar cerca de superarse como país mientras haya sectores sociales que se ponen de lado ante agresiones homófobas. Tampoco dejarán de criticar las campañas de sensibilización, porque les parece bien que las empresas privadas abracen (o se intenten apropiar para sacar tajada) consigas reivindicativas, pero no conciben que el Estado ponga en pie una estrategia de concienciación social en relación a uno de los grupos más oprimidos, vejados y denigrados de la sociedad.

Hubo un tiempo en que los que ahora polemizan no tenían miramientos al depositar su voto para los que malversaban y dilapidaban el dinero público. Pareciera como si les echaran en falta, porque ahora les fastidia que se destine, con transparencia, a una fuente justa y noble. Para los demás, solo queda seguir bregando hasta alcanzar la normalización por la que tanto se ha peleado. Hasta que ver una bandera del arcoíris en una furgoneta no sea motivo de sorpresa. Mientras tanto, más Correos y menos odio.

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