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El fútbol es para románticos

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Fuente: Sevilla FC

Romper con lo habitual, dejar de lado el fútbol de élite y centrar el foco en el equipo del pueblo. Apostar por las raíces de este deporte. Optar por el fútbol más modesto. Amar este deporte sin ninguna condición.

Este domingo, como suelo hacer cada vez que hay partido, decidí dejar de lado mis numerosas tareas como estudiante, para hacer lo que más me gusta: ver un partido de fútbol -y todo lo relacionado con ello-. Cuesta hacerlo, y más si a la par televisan el Sevilla contra el Girona. Pablo Machín cara a cara contra el equipo que lo lanzó a Nervión; un partido con un ambiente turbio debido a las últimas noticias que han azotado al equipo relacionado con la venta de capital; porque los locales están lanzados, vivos en las tres competiciones.  

Podría haber optado por La Liga123, Rayo Majadahonda y Elche cara a cara, en la capital española. La primera temporada del equipo madrileño, un partido con goles, entretenido donde el equipo ilicitano se llevó los tres puntos para conseguir superar en la clasificación -con los mismos puntos- a su rival. En resumen, un duelo directo. 

Existía la posibilidad de esperar media hora, calentito en casa, para ver la Serie A. Ver como el Chievo Verona empataría a cero en casa del SPAL. La esperanza de un barrio de Verona, la ciudad de Romeo y Julieta, -Chievo- por salir del pozo oscuro de la última posición, frente a un equipo que, en mi visita a Roma, pude presenciar como asaltaba el Estadio Olímpico esta misma temporada, el 20 de octubre. 

Esperar atrapado por el sofá embadurnado de mil mantas, cómodo como se debe estar un domingo. Mi pijama, el mando en mi mano derecha expectante a que el reloj marcase las 13:30 para ver como el Celtic sucumbía por dos goles a cero en su visita al norte de Edimburgo, frente al Hibernian. 

La última de las opciones, futbolísticas, que tenía en mente era ver un poco de fútbol holandés: a las 12:15 se veía las caras Heerenveen con el Utrecht. Una victoria a domicilio apretada tras llegar a ponerse por tres goles a cero en el primer tiempo. Los locales no dejaron de luchar y a falta de quince minutos un gol separaba a ambos equipos. No pudieron conseguir un punto ante su afición, pero lucharon hasta el final. 

Pero no, como suelo hacer dos domingos al mes, me levanté a una hora decente –a las 11:00-. Desayuné, me vestí, y como suelo hacer algún domingo que otro fue a ver a uno de los equipos de mi pueblo. Fútbol de barrio, con la magnífica compañía de un gran amigo, sus padres y los amigos de estos. Un día soleado, cálido -para ser diciembre-, el sol tenía ganas de ser protagonista y apetecía buscarlo entre la grada. El césped estaba demasiado castigado, aunque su aroma incitaba a saltarse esa pequeña valla que dividía la grada del terreno de juego. 

He de decir que el plan es insuperable. Entrar por aquella puerta metálica castigada por el tiempo, el óxido azotaba algunas zonas que obviamente habían superado las dos o tres capas de pintura. Desde que entras hasta que te sientas te llevas todo el tiempo saludando. Sin lugar a duda no hay mejor red social que un estadio de pueblo. Modesto. Innumerables personas se aglutinan alrededor de la barra del bar, charlan de lo bien –o mal- que va el equipo. “Conmigo al frente, iríamos mejor”. Un sinfín de frases revolotean en un ambiente propenso a disfrutar.  

Están aquellos que no saben el resultado hasta pasado un buen rato del pitido final, los que van en busca de un reencuentro asegurado con viejos amigos que el tiempo les robó. Pequeños y mayores al unísono tiñendo las gradas de aquel viejo estadio. El rocío de la mañana dotaba al césped -herido y maltratado por los tacos de las botas de los futbolistas- de un estado impresionante. Diminutas gotas de agua sobre el verde. Al transcurso del partido se percibían pisadas notablemente marcadas, como si una manada de elefantas hubiese pasado por allí. El verde se mezclaba con el marrón. Los niños correteando por los estrechos pasillos de la grada. Los más ancianos se acomodan. Generaciones dentro de un mismo recinto. 

Expectación y bullicio. El público va y viene en grupos -uniformes- en dirección a la cantina. “Linier ponte gafas”, gritan desde la grada ante un fuera de juego bien -y claro- pitado, entonces ese mismo individuo se ríe y le dice a quién se sienta a su derecha: “vaya fuero de juego claro”. El cielo empieza a teñirse de negro cenizo, aun así, la temperatura es agradable. 

“Tarjeta, árbitro” exclaman como si de un himno se tratase, el ruido en las gradas aumenta, solo los más mayores permanecen sentados. Máximo nerviosismo, poco fútbol, pero que manera de vivirlo. Llega el gol de los visitantes, el silencio inunda el estadio. ¡Qué mala suerte! Sin embargo, antes de que el encargado de dirigir el partido pite el final, la muchedumbre va camino de un paquete de pipas, una buena cerveza –los adultos claro-, refrescos y chucherías. En el descanso se comentan las jugadas más destacadas, bueno las jugadas. Entre balonazo para arriba y balonazo para cualquier parte se comenta la jornada de LaLiga. Se habla de lo que se hizo anoche, de lo corto que se ha hecho el fin de semana y que el próximo partido será lejos. Entonces… ¡Gol! Abrazo a mi amigo mientras la grada corea esas tres letras mágicas. “Que malo somos”, entre carcajadas. La mayor parte del partido la desesperación de un fútbol de bajo nivel se apodera de la atmósfera.   

Abucheos, ánimos, reproches… En la grada de un equipo de barrio, de pueblo, se oye de todo, bueno o malo, pero sobre todo divertido. Es inevitable no reírse. Al final acabas charlando con aquel conocido que ves tan solo en los días de partido. No somos conscientes que el fútbol -como tal- es lo de menos. Al menos el fútbol que se consume desde el sofá. Diagonales de infarto, transiciones defensa-ataque, treinta toques antes de anotar, todo eso no es del todo el fútbol.

Sí que lo es el charlar con una persona que ves de forma eventual y te alegras tanto de ver. Una cerveza con tu padre en el club donde jugaste de pequeño. El recuerdo imborrable de aquellos que se vistieron de corto cuando el barro era el césped de cada domingo. El fútbol es sensaciones –que bella palabra-, el estar sin ver el partido porque prefieres hablar con tu viejo amigo. El ver poco –por la edad- pero estar en la grada de tu equipo de siempre. Ser tan pequeño que no entiendes ni las normas del juego, aunque -excitado- festejas el tanto de la victoria. 

El idolatrar a un jugador que al día siguiente trabaja contigo, ser críticos de fútbol sin fundamento alguno. Estar lo suficientemente cerca para ver como el sudor cae por la frente del lateral izquierdo mientras defiende al extremo diestro rival. Los agujeros que destapan la verdad de aquel césped magullado por los partidos de las categorías inferiores. Los gritos del entrenador que se hacen eco sobre aquel espacio cerrado en medio de un barrio obrero, de un pueblo humilde. El gentío en los balcones colindantes al estadio, en la tribuna alta. El fervor del ataque local, por muy tímido e inofensivo que sea.  

El fútbol no es del dueño del club más poderoso -económicamente- del mundo, ni siquiera del que más títulos tiene. Ni mucho menos de las instituciones relacionadas al mismo, que dictaminan. El fútbol no es siquiera del abonado de un club grande, del fanático -en el buen sentido de la palabra-, tampoco de jugadores, entrenadores y demás personas cercanas a este deporte. El fútbol es un ente abstracto superior que no es de nadie y es de todos. Un intangible que se palpa en las personas, se hace carne al festejar como loco con quien no conoces. Es unión, hermandad y rivalidad –sana-.

El fútbol es para románticos, porque el fútbol es amor –sin duda alguna-. Un veneno que tanto te da como te quita. Una fórmula que recoge las mayores alegrías de una persona, así como sus máximas decepciones. Amar es para los locos de atar, igual que el fútbol. Hay quienes son incapaz de comprender lo que se hace por un equipo, al igual que por amor. Un deporte que pertenece a generaciones de incomprendidos que pierden días por un veneno que nos consume lentamente, pero sin el cual no podemos vivir. Una daga clavada en nuestro corazón, irrompible, inamovible. Un puñal directo a nuestro más sincero sentir. Un vendaval de emociones capaz de otorgar experiencias inolvidables.

El fútbol pertenece a los soñadores, a los amantes incondicionales de “once tipos –o tipas- corriendo detrás de u balón”. Va más allá del dinero, de leyes, de restricciones o normativas. Un intangible palpable para aquellos que viven a flor de piel cada partido. ¡Ay padre, ay ‘tato’! Cuanto os debo por inculcarme en esta bendita enfermedad. Disfruten de lo incomprable, el sentimiento es el motor del fútbol. Tengo ganas de volver a hacer mi camino al estadio, de darme un baño de amor, de fútbol. 

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