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‘Los días que vendrán’ o la textura de la intimidad

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Fuente: Avalon

Los días que vendrán ganó las biznagas a mejor película española, mejor dirección y mejor actriz para María Rodríguez Soto en el 22º Festival de Málaga.

El tercer largometraje del director Carlos Marques-Marcet supuso el alivio, junto a Litus, de la mediocridad de la sección oficial del pasado Festival de Cine de Málaga. Ya había experimentado una aproximación a su sensibilidad en 10000 km, a su forma de rodar documentalista que hace que la línea entre ficción y realidad se difumine hasta tal punto que, en esa su primera película, se podía casi oler el sudor de Natalia Tena y David Verdaguer durante la escena de sexo inicial que ambos interpretan.

Marques-Marcet mantiene en Los días que vendrán esa textura tan orgánica que casi parece buscar continuamente la sinestesia, algo que parece ya un leitmotiv en las mejores producciones catalanas de los últimos años, véase Verano 1993 de Carla Simón, Con el viento de Meritxell Colell o Trinta Lumes de Diana Toucedo. Sin embargo, si su ópera prima nos dejaba un final amargo sobre la imposibilidad de mantener el amor a distancia, en esta obra libre de cinismo nos aproxima a la visión luminosa de lo que en otro tiempo, y en este caso no sin razón, se llamaba estado de buena esperanza.

Si el planteamiento de los problemas y las dudas de una joven pareja encarnada por María Rodríguez Soto y, de nuevo, David Verdaguer, los cuales también mantienen una relación en la vida real, alcanza un grado de verdad tan potente es gran parte gracias a la absoluta generosidad con la que los actores se entregaron a este proyecto. El hecho de rodar en su propia casa, de partir para el guion de sus propias improvisaciones y de utilizar su propia situación de pareja embarazada a tiempo real durante el rodaje dotan a este film de una belleza tan intimista que resulta apabullante.

Como dato final, cabe destacar la ironía que supone que esta obra ganase, aparte de las tres merecidas biznagas, el premio otorgado por no sé qué asociación cristiana, ya que en ningún momento hay ninguna significación religiosa por parte de los protagonistas a la hora de decidirse finalmente por la paternidad. La oda a la vida de esta película es de carácter absolutamente laico, proveniente en todo momento de la decisión meditada de sus personajes, de su querer personal y no de un deber moral que pudiera condenar la elección contraria.

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