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Sobre Ganivet y sus ‘Cartas finlandesas’

Cómo habrían evolucionado los escritores del 98 sin la influencia de los textos de Schopenhauer es algo digno de ser contado en alguna ucronía. Tal vez una mente tan rebosante de inteligencia como la de Ángel Ganivet no hubiera sucumbido hasta el punto de poner fin a su sino en las heladas aguas de Riga el año en el que Cuba dejó de estar en las manos decadentes de lo que antaño fue un imperio. El pesimismo surge tras un optimismo, tras la pérdida de un ideal encabezado con una mayúscula: Bien, Verdad, Dios… En el caso de los noventayochistas, surgió tras derrumbarse eso tan difuso que aún seguimos llamando España.

Las Cartas Finlandesas son una buena prueba de ello pues son una muestra de cómo, justo antes de la pérdida final de las colonias, Ganivet aún mantenía orgulloso la proclamación a los cuatro vientos de su nación y, sobre todo, de su ciudad, Granada. El andaluz fue cónsul durante dos años en la embajada española de Helsinki y dedicó gran parte de su tiempo a retratar la ciudad con un filtro al que le iba añadiendo cierto nivel de degradación según le convenía. En uno de los capítulos, encabezado con el nombre “Donde se descubre el amor de los finlandeses al progreso y se explica las causas de este amor”, el autor destaca que el motivo de tal pasión es que no les gustaba trabajar. Según Ganivet, es la suma vagancia lo que mueve al pueblo finlandés a preocuparse por implementar eficazmente los avances tecnológicos a su vida cotidiana. Un argumento pueril, acompañado de ejemplos aún más infantiles, diseñado para vituperar una capital desarrollada y ensalzar a su Granada castiza.

El libro discurre en esta línea: describir alguna faceta de la sociedad finlandesa de manera acertada y menospreciarla posteriormente para ensalzar las costumbres y el buen hacer de los españoles. Destacan los capítulos profundamente misóginos dedicados a analizar a las mujeres finlandesas, a las que critica por ser demasiado independientes, cultas y liberadas sexualmente con respecto a las españolas. El granadino prefiere obviamente a las mansas amas de casa españolas que se dedican al cuidado del hogar y de los hijos y actúan obedientemente con respecto a lo que dicta su marido, lo cual es lo que corresponde según la supuesta naturaleza de las hembras. Por no hablar del argumento estrella que, según él, dio a una señora finlandesa que se creía muy lista por estar emancipada, cuando lo realmente inteligente es lo que hacen las féminas españolas pues, al depender de sus maridos y al tener estos que mantenerlas, los convierten en sus sirvientes.

Cierto es que en los lapsos finales del libro Ganivet se centra más en analizar los paisajes, el arte y literatura de Finlandia, elaborando escritos bastante interesantes en los que hace gala de una gran sensibilidad y de un bagaje cultural elevado. Lástima que haya que rebasar la primera mitad de Cartas Finlandesas para ello ya que, como he expuesto anteriormente, son una exaltación de lo patrio a partir de una comparación que intenta dejar en mal lugar al país nórdico y que encierra un complejo de inferioridad tras tanto orgullo, aderezado con ese narcisismo rancio que acompaña a todo cultivador de la mala ironía, tal y como podemos apreciar en otro gran título: “Carta IV. En la que el corresponsal, sin saber gran cosa de política, da una lección de política y si se quiere de política general y española”.  

 No es de extrañar, por tanto, que al pobre Ángel se le cayera un mito cuando España perdió los últimos resquicios de su antigua (y en gran parte ficticia) gloria. Para caer del idealismo al pesimismo, del Elíseo al Tártaro, sólo hay un paso.  Entre medias, se encuentra el realista que se ríe de todo con una mueca cínica y feliz, como la mía entre el público de un certamen de premios en un país extranjero que lleva el nombre de este escritor decadente; una risa de cuya falta adoleció Ganivet cuando su egolatría negativa le llevó al suicidio.

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