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‘La mort de Guillem’ o la ecuanimidad en la decantación

Tras haber sido presentada en el 23º Festival de Málaga, La mort de Guillem se estrena hoy en cines. La cuarta película del direcctor Carlos Marques-Marcet narra el duelo de la familia de un joven antifascista que fue asesinado en 1993 en la localidad castellonense de Montanejos por un grupo perteneciente a la extrema derecha.

Guillem Agulló, ni olvido ni perdón. Esta proclama se lleva repitiendo en las manifestaciones antifascistas en la Comunidad Valenciana desde que al susodicho lo mataran a base de navajazos unos cuantos fachas de mierda allá por los 90. Vaya, voy a tener que pedir disculpas nada más empezar. Siento caer en el epíteto, era totalmente innecesario. Todos los fachas lo son de mierda, al igual que la nieve es blanca. El detritus iba implícito, no hacía falta especificar.

Quizá el lector haya podido ya intuir que la norma del gusto establecida por el afable gordito David Hume, esa brújula que me gusta seguir en mis artículos, esta vez va a dar más vaivenes que la del capitán Jack Sparrow. Mis prejuicios con respecto al caso de Guillem Agulló van a estar muy poco liberados. Si me tengo que posicionar a favor de un chaval antirracista o de un cerdo que se comió apenas cuatro años de cárcel por un asesinato a sangre fría y que luego se presentó a las elecciones con el partido ultraderechista Alianza Nacional, voy a elegir siempre –oh, sorpresa, qué disparate- a quien lucha contra el fascismo.

Carlos Marques-Marcet parece pensar lo mismo, aunque lo expresa de una manera menos visceral, más madura y más productiva que mi retahíla de improperios. Su sensibilidad de cineasta comprometido con la vida, una vez más, nos acerca a ella de una manera tan palpable que estremece. Si Los días que vendrán –tan maravillosa como ignorada por los Goya- nos ponía en la piel tejida a base de alegrías e incertidumbres de unos padres primerizos en su odisea desde la concepción hasta el parto, La mort de Guillem nos sitúa esta vez en la difícil posición de unos progenitores sumidos en el dolor de la muerte de su hijo por culpa de unos indeseables.

Armado con toda la información que la hemeroteca le ha proporcionado y de los propios testimonios de familiares y amigos, Marques-Marcet nos cuenta su propia versión de la historia y nos invita a comprender por qué, aunque los que realmente estuvieron en la trifulca pudieran mentir o exagerar por un lado y por otro, va a estar siempre irremediablemente, como un servidor, como cualquiera que no sueñe con un jodido Cuarto Reich, del lado de quienes han perdido a un ser querido a manos de aquel hijo de puta de Pedro Cuevas que, si bien pudiera parecer retratado como un villano, es porque lo es, porque Marques-Marcet no se inventa nada. Los personajes que aparecen en este relato casi documental están dibujados fidedignamente a partir de los reales, por lo que si la representación del cabrón de Cuevas da esa impresión no es a causa de un posible envenenamiento de su imagen por parte del realizador catalán, sino más bien gracias al trabajo de exploración del rol que han hecho tanto el director como el actor que lo interpreta.

La labor de inmersión dentro del seno de la familia fue también otra de las claves para bucear con la mayor verosimilitud, empatía y compasión posibles en la tragedia que se narra. Marques-Marcet no muestra nada del acto en sí del asesinato. No le interesa el morbo que pueda suscitar su recreación, ya que todo ello sería caer en la mera especulación. A él no le interesa reavivar la llama de la rabia y de la crispación, sino acercarnos el proceso de duelo de sus padres, hermanas y allegados. Se agradece que toda la emoción resida en la gran interpretación de sus actores y no en efectismos tales como una banda sonora que incida en la tragedia. Gloria March y Pablo Molinero encarnan a los padres, Carme y Guillem, de una manera tan respetuosa y comprometida que la propia March necesitó mes y pico para recuperarse del rodaje. Según palabras de la actriz, que tuvo a bien concederme una entrevista en el estreno en premiere durante el Festival de Málaga, tuvo la suerte de conocer a Carme y de preparar el personaje junto a ella hasta el punto de sentir pudor al entrar tanto en su vida íntima.

Cabe destacar, por último, el tratamiento aséptico de las escenas del juicio. Ello incide, una vez más, en la voluntad de Marques-Marcet por no querer que el público tome necesariamente partido pese a que, al tiempo, en todo momento su posicionamiento se muestra del lado de los parientes de la víctima. Su objetiva subjetividad no le impide atenerse a los hechos en torno al caso y lanza dudas no sólo acerca de la veracidad de las declaraciones de los asesinos, sino también acerca de la pasividad con la que Guillem pudiera enfrentarse a sus agresores, ya que, al fin y al cabo, él también militaba en un grupo de skinheads. Sin embargo, no se trata de que la postura ideológica de Marques-Marcet no le impide ser ecuánime, sino más bien de que su ecuanimidad no le impide tomar partido: por mucho que Guillem Agulló no fuera una hermanita de la caridad, si llegó a utilizar la violencia fue para defenderse de los ultraviolentos. No todos los cabezas rapadas son iguales. Algunos son fachas de mierda y otros no. Con epíteto incluido.

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