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Críticas

Sí, veo ‘Juego de Tronos’, y me pasan muchas cosas, de verdad

La gallina de los huevos de oro de HBO ha concluido su séptima temporada, por lo que nuestra guardia hasta la octava y última ha comenzado. Hace poco leí al respecto un artículo de El Confidencial en el que una columnista, Paula Cantó, manifestaba su malestar ante el hype generado por la serie, la cual no veía. Esto demuestra que al final el fenómeno Juego de Tronos te va a contaminar, lo quieras o no. Y hay que dejar que nos contamine. El ser humano es un animal social. Aristóteles vería la serie si viviera en nuestros tiempos porque las puertas de interacción que abre con otras personas son innumerables.

El “¿has visto el último capítulo de Juego de Tronos?” sustituye fructíferamente el insulso comentario sobre el tiempo destinado a llenar el silencio en un ascensor. Los memes sobre lo mucho que tenemos que esperar, quizá casi un año y medio, se empiezan a repetir más que el “Winter is coming”. Quinceañeras sempiternas (entre las que me incluyo) sienten cómo su rostro transmuta a un emoticono con ojos en forma de corazón cuando repiten en bucle la escena de Jonerys. Los foros se inundan de debates en los que los mayores fan(ático)s de la serie preferirán, antes que asumir que la serie tiene sus fallos, defender a muerte que el Rey de la Noche ya había previsto dónde, cuándo y cómo podría matar al dragón Viserion y por eso ya tenía preparadas las cadenas gigantes apropiadas para sacarlo de su hundimiento. Los blogs se convierten en modernos tableros de ajedrez en los que los usuarios intentan anticiparse a los próximos movimientos de Martin, Benioff y Weiss con hipótesis sobre cómo se desarrollará próximamente la trama.

Un estudiante de Historia se marca un puntazo en alguna fiesta universitaria al explicar que El Muro está basado en la muralla erigida por el emperador romano Adriano en Gran Bretaña. Pablo Iglesias cabila ya cómo llegar de nuevo al votante joven con un libro que compare la política de Poniente con nuestra situación actual. Las feministas han encontrado en Danny, Cersei o Arya nuevos iconos pop que favorezcan la concienciación sobre conceptos como “empoderamiento”. El colectivo LGTBI+, aún de luto por Oberyn Martell, lamenta que la escena lésbica entre Yara Greyjoy y Ellaria Arena se viera interrumpida, ya que resta visibilidad a otras alternativas en las escenas de sexo en pos de una batalla naval testosterónica que gira en torno en reirle las gracias al machirulo de Euron. Los caminantes blancos suponen la metáfora perfecta para un ecologista a la hora de explicar que lo importante es un pacto global que ayude a paliar el cambio climático. El amante de Shakespeare nos dirá que los vástagos Stark son sucedáneos de Hamlet que claman venganza por su padre, siempre en mente cual fantasma.

La saturación me parece más que justificada. Pocas obras han conseguido unir simbólica y dialécticamente a una masa de personas tan amplia y heterogénea. Eso es logos. Pero claro, para valorar todo esto hace falta ver la serie. Y si no, proposición séptima del Tractatus. Además, imagino que negarse con fruición a su visionado arguyendo que es muy extensa, o que uno se siente casi obligado a verla porque todo el mundo habla de ella, deben ser los mismos argumentos que esgrimieron los cuatro gatos que no quisieron leer El Quijote en el siglo XVII. En cualquier caso, es graciosa la apología del desconocimiento como nueva forma de esnobismo.

Empresario de lo inútil . Me gradué en Filosofía y ahora escribo para diferentes medios sobre cine y literatura, labor que compagino con mi faceta de profesor así como con la de actor, guionista y director de teatro.

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