Inicio Cine Harry Potter es un muggle

Harry Potter es un muggle

0
Compartir

Los millennials hemos crecido a la par que el universo creado por J. K. Rowling. Más de una vez hemos soñado con que la carta de Hogwarts llegaría de manos de un gigante afable o en el pico de una lechuza amaestrada. Encontrábamos la evasión tras en un mundo mágico que nos sacaba de las tareas grises de una educación cada vez más decadente. La fórmula de Rowling fue eficaz: el inadaptado convertido en héroe en un mundo que sí cumple sus expectativas, pasando de ser un marginado a acaparar la atención gracias a unas habilidades y un pasado extraordinario.

Hay una escena de la película Boyhood (Richard Linklater; 2014) que muestra perfectamente ese fenómeno fandom que generaba cada nueva entrega de Harry Potter. En ella, aparece el niño protagonista fielmente disfrazado de su personaje de ficción favorito camino al lanzamiento de un nuevo libro de las aventuras del joven mago. Aquí no hay discusión, tanto el que ha sido un seguidor de la saga como el que aún lo es, se habrá sentido inevitablemente identificado con la emoción de ese chaval que interpreta Ellar Coltrane.

Donde no hay quórum es en lo reflejado en una escena posterior en la que el chico pregunta decepcionado a su padre, más afirmando que inquiriendo porque ya sabe realmente la respuesta, si realmente existen seres mágicos como los elfos en el mundo. El padre, interpretado magistralmente por Ethan Hawke, contesta de forma inteligente y poética a su vástago: “¿Qué te hace pensar que los elfos son más mágicos que algo como una ballena? ¿Y si yo te contara que bajo el océano existe este mamífero gigante que utiliza el sónar y canta canciones, y que es tan grande que su corazón es del tamaño de un coche y que podrías gatear por sus arterias? Te parecería bastante mágico, ¿verdad?”. La escena termina con el chico asintiendo, pero forzando a su padre a responder concretamente que no existe la magia, o al menos no en cuanto a hechizos salidos de una varita mágica. Como digo, aquí ya no habrá un punto de encuentro para los espectadores que se habrán flipado con el podcast de unos señores de más de cuarenta tacos hablando de una saga juvenil, con aquellos cuya cercanía con los libros de Rowling se habrá ido diluyendo conforme haya avanzado su edad y su espíritu crítico. Los primeros se tomarán este fragmento de película con frustración, los segundos con una nostalgia feliz y mostrando una simpatía absoluta hacia al padre.

Y es que este momento de la película sirve para marcar una transición en la vida del protagonista, una transición que muchos aún no han realizado estancados en un síndrome de Peter Pan cuyas manifestaciones, sobre todo en redes sociales, rozan la vergüenza ajena. Es un desengaño y el inicio de un (re)encuentro. El abandono de la evasión a mundos que no existen y que dejan de proporcionar un refugio cuando la realidad nos va asaltando cada vez con mayor complejidad. Mediante esta escena y con lo plasmado en la evolución del personaje a partir de ahí, Linklater está lanzando un mensaje: podemos encontrar momentos verdaderamente mágicos, como una mirada fugaz en el anhelo de un amor de juventud, pero son terrenales, efímeros y difíciles de atrapar. De ahí que el niño, cuando se convierte en adolescente cambie la varita, que no es más que un simple palo muy caro, por una cámara fotográfica con el poder de crear arte. Es en un atlas donde podemos encontrar un auténtico manual sobre animales fantásticos y dónde encontrarlos.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here