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“Casi 40” o cómo endulzar la melancolía

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Fuente: Fotogramas

Tras ganar la Biznaga de Plata en el pasado Festival de Málaga, Casi 40 se estrenó el pasado viernes para el gran público dejando tras de sí un gran abanico de avales por parte de la crítica especializada

Con Casi 40, David Trueba pone de manifiesto su carácter amable a la hora de tratar el reverso amargo de la nostalgia. Su faceta de literato casa a la perfección con su labor como cineasta, siendo el guion de esta película el complemento necesario (y viceversa) a su última novela, Tierra de Campos. En ambas obras, Trueba demuestra un gran amor a los parajes vastos y sencillos, a las ciudades pequeñas, a la intimidad de las presentaciones en librerías y a las conversaciones durante un viaje en coche. Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, que en 1996 rodaron con el mismo Trueba La buena vida, vuelven a encarnar este tándem veintidós años después para delicia del espectador que haya podido pasar por el mismo lapso de tiempo que los actores y sus personajes, tal y como hiciera Richard Linklater con la trilogía Before y los intérpretes Ethan Hawke y Julie Delpy.

Sin embargo, aunque los diálogos entre el dúo protagonista, llenos de lirismo, cercanía y complicidad, casi logran en todo momento sumergir al público en una sosegada y dulce melancolía, esta oda al paso del tiempo no termina de redondearse a causa de la enorme diferencia de calidad interpretativa entre ambos. Ramallo vomita su texto sin gracia alguna, con un hieratismo solo roto en algunos momentos de sobreactuación; en contraste, Jiménez consigue fundirse con su personaje para brindarnos una brillante interpretación llena de elegancia, belleza y magnetismo, siendo el zénit de su arco la intimidad alcanzada al cantar el tema homónimo al título del film.

Pese a este hándicap que comento y que compartía la mayoría de esnobs acomodados en los márgenes de la creatividad del pase de prensa, Trueba ha firmado un film sobrio a la par que dulce pese al poso de amargura que encierran sus personajes, una pareja que se reencuentra y que constata cómo sus antiguas ilusiones se han ido diluyendo como el amor que se profesaban, pero que durante el transcurso de su viaje por ciudades castellanas irán descubriendo que, aunque la llama se ha perdido, aún quedan las brasas del cariño.

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